Resumen y sinopsis de Reunión de bachilleres de Franz Werfel
El encuentro con antiguos compañeros de estudios, veinticinco años después de acabar el bachillerato, despierta en el juez de instrucción Ernst Sebastian recuerdos que creía borrados para siempre. Entre los que no acuden a la cita está Franz Adler, el alumno más prometedor de la clase, el poeta, el que suscitaba la admiración de profesores y estudiantes. Una vez en casa, Sebastian no puede impedir rememorar su amistad con Adler y mientras las imágenes se agolpan frenéticamente en su cabeza, decide escribir lo que se revelará como la historia de una culpa largamente silenciada. Reunión de bachilleres, que data de 1928, narra cómo un grupo de jóvenes puede empujar al más brillante de sus miembros a un cruel proceso de autodestrucción, al tiempo que constituye un fidedigno retrato de una generación a la que le tocó vivir entre dos pocas, al final del imperio austríaco.
Relato en forma de anécdota sin mucha trascendencia, pero cargada de connotaciones, sobre la culpa que experimenta un juez de instrucción ante el caso del presunto asesino de una prostituta, en quien descubre al compañero de clase al que arruinó secretamente la vida durante su etapa escolar. Se reencuentra además con sus otros amigos de juventud en una reunión de exalumnos, quienes con el tiempo se han convertido en sujetos despreciables en su mediocridad, pese a haber alcanzado posiciones acomodadas en sociedad. Será este el motivo para poner en marcha una conciencia febril y algo alucinada que durante una noche de insomnio nos relatará qué fue lo que pasó entonces, el verdadero crimen que tuvo lugar.
La historia de estos escolares presuntuosos y su deriva hacia la degradación y el vicio, pasando por tonterías infantiles muy comunes, veleidades diletantes e intelectuales, modas como la del espiritismo, primeras y torpes tentativas de acercamiento al sexo opuesto… en parte sigue vigente, pues es la suya una época de inmadurez, pero decisiva en cuanto a formación del carácter y realización de ciertos actos que tienen sus consecuencias. Estos chavales, y los de siempre, se caracterizan por el gregarismo; es fácil destacar dentro del grupo si se sabe manipular a los demás, o bien hundir la reputación de alguien, cuando se tiende a encasillar al otro en un rol fijo y cuando la risa y la mofa son el arma más peligrosa. La ingenuidad de Adler, el joven genio, la fragilidad y sensibilidad de su temperamento, se contraponen a los manejos de Sebastian, un ser mediocre y abúlico que no duda en mentir y que, creyéndose superior, no puede soportar sentirse inferior, quedar en evidencia ante la pureza que demuestra su (supuesto) amigo.
Rascamos la superficie de estos hombre intachables, y lo que hay debajo no gusta nada. La gran guerra ha aniquilado moralmente a Europa y volvería a hacerlo unas décadas después. Enfermedad, estancamiento, decadencia; la de unos fantoches, o una clase social en su ocaso, que sofocan todo lo bueno y para quienes los valores de camaradería han quedado reducidos a una parodia ante el egoísmo, la injusticia, el disimulo, culpar a otros. Actores que sólo imitan burdamente, cotillas pendientes de un rumor, empollones que repiten como loros. Y el peor de todos, sin lugar a dudas, es el protagonista que nos cuenta su vida; dirigida, como la de todos los demás, por una autoritaria generación anterior que ha sellado su destino.
La figura ridícula y anticuada del viejo profesor de latín aparece, sin embargo, revestida de cierta dignidad trágica, mientras que el proletario es caracterizado no muy positivamente, a la manera de una siniestra alimaña. Las causas de la discriminación apuntan a lo racial (judío), a lo económico (pequeña burguesía) o incluso a una pulsión homo-erótica. La novela, en todo caso, no termina de sacar todo el jugo a la idea. Su estilo, asociado al expresionismo, se queda un poco corto pese a la viveza de algunas descripciones (la imagen del deshollinador) o en exponer la crudeza de esa violencia.
El respetable juez será él mismo sometido a juicio, pero ante la posibilidad de hallar una verdad y la de ocultarla cobardemente, siempre elegirá esto último si puede, tal y como lo hace un moribundo Federico II inventado (y diríamos que profetizado) por Adler; una revelación divina reducida un lenguaje sin sentido, estéril. Todo proseguirá entonces como si nada cambiara porque, en efecto, nada ha cambiado.