Paul, joven, ambicioso y entusiasta aspirante a pianista, lucha por abrirse paso en un entorno tan competitivo como es el de la música clásica. Cuando es elegido para hacer de “pasador de páginas” para Kennington, reputado maestro de las teclas que está a punto de cumplir los cuarenta y hacia quien siente una extrema veneración, su relación sobrepasa lo estrictamente profesional para derivar en algo mucho más íntimo cuando ambos se vuelven a encontrar casualmente en Roma tiempo después...
Novela ligera y tragicómica con cierto abuso de casualidades y equívocos, de descripción entre aguda y despiadada de unos personajes que van y vienen, pero tras la que late un fondo amargo, que es el del paso implacable del tiempo para unos seres de un modo u otro fracasados, amargados y que sienten sobre sus hombros el peso de una vida que no es lo que esperaban.
Ante el casi adolescente Paul se abre el camino del artista. Es un recién llegado lleno de ilusiones, de proyectos, pero este mundillo no tendrá piedad, pues no tardará en decepcionar y en decepcionarse, en descubrir lo difícil que es estar a la altura de las expectativas. La música, sin embargo, pasa a cierto segundo plano y lo que interesa al autor son los problemas del primer mundo de sus criaturas, gente de clase alta que se mueve entre hoteles lujosos, fiestas, giras… Es destacable su habilidad con la elipsis, que emplea en casi todas las escenas de sexo, y de manera harto magistral en el cierre de una de las tramas que involucra una máquina picadora. En cambio, el retrato que se hace de una Italia exótica a los ojos del visitante anglosajón es algo que hemos visto ya demasiadas veces.
Kennington es ese exniño prodigio del piano que se siente utilizado por todos y en el fondo nadie aprecia por sí mismo, que arrastra el cansancio de la fama desde tierna edad y eso explica su ausencia de escrúpulos. La ilusión y el apego sincero, ingenuo, de su sucesor, resultan ser todo lo contrario al mundo de intereses en que se mueven, de dolorosas renuncias que se exigen a quienes no están preparados para ello. Por otra parte, tenemos la entrañable semblanza de una madre desastre, que atraviesa problemas sentimentales y se aferra como puede al cariño de su prometedor hijo menor. Los hombres y mujeres en edad madura de este libro sienten la inminente soledad, el desamparo, que les llevan a interpretar las cosas a su manera y sacar un lado feroz cuando ven amenazadas sus posiciones.
Finalmente, se nos presentan una serie de relaciones afectivas entre hombres en distintas etapas: la pasión febril de los primeros momentos, el amor estable, pero dañino que viene después, con constantes mentiras, desengaños y un ir tirando, más por rutina, por compasión y comodidad, que por sentimiento real; asoma el patetismo de recurrir a la prostitución, o la devoción hacia las mascotas a falta de poder tener hijos. Son relaciones llevadas de manera más o menos abierta y normalizada, pero aún enfrentadas a la incomprensión, a una mirada temerosa, con prejuicios, más todavía con el fantasma del sida próximo aún. Queda aún así una imagen, protagonizada por dos personajes muy secundarios y quizá los más inocentes de esta historia, con una noria y un atardecer, que permite concluir estas páginas con una nota esperanzadora.
Paul, joven, ambicioso y entusiasta aspirante a pianista, lucha por abrirse paso en un entorno tan competitivo como es el de la música clásica. Cuando es elegido para hacer de “pasador de páginas” para Kennington, reputado maestro de las teclas que está a punto de cumplir los cuarenta y hacia quien siente una extrema veneración, su relación sobrepasa lo estrictamente profesional para derivar en algo mucho más íntimo cuando ambos se vuelven a encontrar casualmente en Roma tiempo después...
Novela ligera y tragicómica con cierto abuso de casualidades y equívocos, de descripción entre aguda y despiadada de unos personajes que van y vienen, pero tras la que late un fondo amargo, que es el del paso implacable del tiempo para unos seres de un modo u otro fracasados, amargados y que sienten sobre sus hombros el peso de una vida que no es lo que esperaban.
Ante el casi adolescente Paul se abre el camino del artista. Es un recién llegado lleno de ilusiones, de proyectos, pero este mundillo no tendrá piedad, pues no tardará en decepcionar y en decepcionarse, en descubrir lo difícil que es estar a la altura de las expectativas. La música, sin embargo, pasa a cierto segundo plano y lo que interesa al autor son los problemas del primer mundo de sus criaturas, gente de clase alta que se mueve entre hoteles lujosos, fiestas, giras… Es destacable su habilidad con la elipsis, que emplea en casi todas las escenas de sexo, y de manera harto magistral en el cierre de una de las tramas que involucra una máquina picadora. En cambio, el retrato que se hace de una Italia exótica a los ojos del visitante anglosajón es algo que hemos visto ya demasiadas veces.
Kennington es ese exniño prodigio del piano que se siente utilizado por todos y en el fondo nadie aprecia por sí mismo, que arrastra el cansancio de la fama desde tierna edad y eso explica su ausencia de escrúpulos. La ilusión y el apego sincero, ingenuo, de su sucesor, resultan ser todo lo contrario al mundo de intereses en que se mueven, de dolorosas renuncias que se exigen a quienes no están preparados para ello. Por otra parte, tenemos la entrañable semblanza de una madre desastre, que atraviesa problemas sentimentales y se aferra como puede al cariño de su prometedor hijo menor. Los hombres y mujeres en edad madura de este libro sienten la inminente soledad, el desamparo, que les llevan a interpretar las cosas a su manera y sacar un lado feroz cuando ven amenazadas sus posiciones.
Finalmente, se nos presentan una serie de relaciones afectivas entre hombres en distintas etapas: la pasión febril de los primeros momentos, el amor estable, pero dañino que viene después, con constantes mentiras, desengaños y un ir tirando, más por rutina, por compasión y comodidad, que por sentimiento real; asoma el patetismo de recurrir a la prostitución, o la devoción hacia las mascotas a falta de poder tener hijos. Son relaciones llevadas de manera más o menos abierta y normalizada, pero aún enfrentadas a la incomprensión, a una mirada temerosa, con prejuicios, más todavía con el fantasma del sida próximo aún. Queda aún así una imagen, protagonizada por dos personajes muy secundarios y quizá los más inocentes de esta historia, con una noria y un atardecer, que permite concluir estas páginas con una nota esperanzadora.